Las heridas del pasado…

He leído el libro “Los hombres son de Marte y las mujeres son de Venus” al menos media docena de veces. A veces me limito a repasar un capítulo concreto. Me parece la Biblia que ayuda a comprender las relaciones personales, y en concreto las relaciones de pareja.

Recientemente, me ocurrió que volví a leer el último capítulo. Curiosamente, conocía los conceptos más que de sobra, pero había olvidado por completo que éstos se contemplaran en él. Por desgracia, conocer los conceptos no siempre implica que tengamos el grado de presencia necesario para detectarlos cuando aparecen.

Cuando estamos disgustados con nuestra pareja, aproximadamente el 90 por ciento del disgusto tiene que ver con nuestro pasado y nada que ver con lo que creemos es su causa. En general, sólo el 10 por ciento aproximadamente de ese disgusto tiene relación con la experiencia del momento.

Veamos un ejemplo: si nuestra pareja se muestra un tanto crítica en su relación con nosotros, puede herir un poco nuestros sentimientos. Pero al ser adultos, somos capaces de comprender que no es su intención criticarnos, o bien ver que ha tenido un mal día. Esta comprensión impide que sus críticas sean excesivamente dañinas. No nos las tomamos en sentido personal.

Pero otro día, en cambio, sus críticas nos hacen mucho daño. Esos días, nuestros sentimientos heridos del pasado están camino de la superficie. Como consecuencia, somos mucho más vulnerables a las críticas de nuestra pareja. Éstas duelen mucho porque, cuando niños, éramos objeto de severas críticas. La crítica de nuestra pareja duele más porque dispara también nuestro dolor del pasado.

Cuando niños no podíamos comprender que éramos inocentes y que la negatividad de nuestros padres era problema de ellos. En la infancia nos tomamos personalmente todas las críticas, los rechazos y las culpabilizaciones.

Cuando surgen esos sentimientos no resueltos de la infancia, interpretamos fácilmente los comentarios de nuestra pareja como crítica, rechazo o culpabilización. Es difícil en esos momentos tener conversaciones maduras. Todo se interpreta mal. Cuando creemos que nuestra pareja nos está criticando, el diez por ciento de nuestra reacción tiene relación con los efectos de estas críticas y el noventa por ciento con nuestro pasado.

Imagina que alguien te da un golpecito en el brazo o choca ligeramente contigo. El daño no es muy grande. Imagina ahora que tienes una herida abierta o una llaga y que alguien empieza a hurgar en ella o choca contigo. Duele mucho más. Del mismo modo, cuando surgen sentimientos no resueltos somos excesivamente susceptibles a los golpes y choques que se producen normalmente en las relaciones.

Es posible que, al comienzo de una relación, no seamos tan susceptibles. Nuestros sentimientos del pasado tardan en surgir. Pero cuando surgen, reaccionamos de otro modo ante nuestras parejas. En la mayoría de las relaciones, el noventa por ciento de lo que nos disgusta no nos afectaría si no fuera porque surgen nuestros sentimientos no resueltos del pasado.

Una de las paradojas de las relaciones afectivas es que, cuando las cosas van bien y nos sentimos amados, podemos de repente comprobar que nos distanciamos emocionalmente de nuestras parejas o reaccionamos de maneras poco afectuosas. Quizás te suenen algunas de estas situaciones:

Es posible que sientas un gran amor por tu pareja y de pronto, de la noche a la mañana, despiertes sintiéndote fastidiado y resentido con él o ella.

Eres afectuoso, paciente y tolerante y de repente, al día siguiente, te vuelves exigente o insatisfecho.

No te ves a ti mismo si no es amando a tu pareja y luego, al día siguiente, tenéis una discusión y de pronto os ponéis a pensar en el divorcio.

Eres feliz con tu pareja y luego, súbitamente, te sientes inseguro acerca de la relación o impotente para obtener lo que necesitas.

Eres generoso con tu amor y luego, de repente, empiezas a retirarlo, juzgar, criticar, controlar o enfadarte.

Te sientes atraído hacia tu pareja y luego, cuando él o ella establece un compromiso, pierde su atractivo o encuentras más atractivos a otros.

Te sientas a gusto contigo mismo y con tu vida, y luego, de pronto, empiezas a sentirte indigno, inadecuado o insatisfecho.

Has pasado un día maravilloso y estás esperando ver a tu pareja, pero, cuando la vez, algo de lo que tu pareja te dice te hace sentirte decepcionado, deprimido, asqueado, cansado o distante emocionalmente.

 

Estos cambios repentinos confunden y, sin embargo, son frecuentes. Si no entendemos por qué se producen, podemos creer, equivocadamente, que nuestro amor ha muerto. Afortunadamente, hay una explicación.

El amor saca al exterior nuestros sentimientos no resueltos. Un día nos sentimos amados y, al día siguiente, de pronto, tenemos miedo de confiar en el amor. Los dolorosos recuerdos de rechazo empiezan a salir a la superficie cuando nos enfrentamos a la necesidad de confiar y aceptar el amor de nuestra pareja.

Siempre que nos amamos más o somos amados por los demás, los sentimientos reprimidos tienden a surgir y a ensombrecer momentáneamente nuestra conciencia afectiva. Surgen para ser curados y liberados. Y puede que nos volvamos de repente irritables, defensivos, críticos, resentidos, exigentes, insensibles o coléricos.

Sentimientos que no pudimos expresar en nuestro pasado inundan de pronto nuestra conciencia cuando estamos en situación de sentir sin peligro. El amor derrite nuestros sentimientos reprimidos y, poco a poco, estos sentimientos no resueltos empiezan a abrumar nuestra relación.

Es como si nuestros sentimientos no resueltos esperaran hasta que nos sentimos amados para entonces surgir y ser curados. Nos paseamos todos por ahí con un fardo de sentimientos no resueltos, las heridas de nuestro pasado que yacen dormidas dentro de nosotros hasta que llega el momento en que nos sentimos amados. Entonces, cuando podemos ser sin peligro nosotros mismos, surgen los sentimientos heridos.

Si podemos tratar con éxito estos sentimientos nos sentiremos mucho mejor y daremos más vida a nuestro potencial creativo y afectivo. Pero, si iniciamos una pelea y culpabilizamos a nuestra pareja en lugar de curar nuestro pasado, lo único que conseguiremos es disgustarnos para luego reprimir de nuevo los sentimientos.

El problema estriba en que los sentimientos reprimidos no vienen y dicen: “Hola, soy tus sentimientos no resueltos del pasado”. Si empiezan a surgir tus sentimientos de abandono o rechazo de la infancia te sentirás abandonado o rechazado por tu pareja. El dolor del pasado se proyecta al presente. Cosas que normalmente carecerían de importancia pueden llegar a doler mucho.

Nuestros sentimientos del pasado surgen de improviso, en momentos en que en realidad nos sentimos bien, felices o afectuosos. En estos momentos positivos, inexplicablemente, pueden surgir peleas en las relaciones afectivas cuando todo parecía indicar que sus miembros han de ser felices.

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