Ser alguien

«Todos quieren ser algo, ser alguien»…
Cuando tú eres algo, necesitas mantenerlo.

Una vez una señora me dijo:
«Mooji, cada vez que hablo contigo me siento tan bien, pues eres tan amable»…

Cada vez que tuviera que hablar con esa señora, tendría que ser amable, ser algo, y esto es mucha presión. No tengo que mantener esto sólo para aceptar este halago, no siempre soy amable. Si aceptas ese halago, siempre tienes que ser algo.

Ser algo o alguien es demasiada presión.
Aquél que quiere ser nada, a ellos el mundo los llama sabios.

«Mooji»

Los hijos…

«A menudo los hijos se nos parecen y así nos dan la primera satisfacción”. Esto nos decía el cantante catalán Juan Manuel Serrat, con ese tono de voz tembloroso, que parece estar entrando en agua fría, en una bellísima canción sobre los hijos niños.

Es cierto que buscamos en nuestra prole el reflejo de lo que fuimos, pero más aún de lo que no fuimos. Queremos, a veces, proyectar nuestras frustraciones sobre ellos como pretendiendo redimirlos de un pasado propio que a ellos no les afecta. Esto podía tener sentido en generaciones pasadas que habían conocido muy de cerca la ingratitud de la miseria, pero en nuestros días quizás estemos tratando de prevenirlos más de nuestras propias obsesiones personales que de cualquier otro mal que les pueda acechar.

Hemos llegado a un punto tal en el que la sobreprotección y el entreguismo hacia las descendencias tiene más que ver con la exculpación del remordimiento propio ante el mundo que les entregamos que con la educación en sí misma. Traemos y llevamos a nuestros hijos, les bañamos y cuidamos, les guisamos y servimos la comida; les criamos en definitiva con la premisa de que ellos no pueden ni deben valerse por sí mismos en las cosas más rutinarias.

La contrición por parecer malos padres nos esclaviza y termina por convertirlos en verdaderos inútiles. No caeré en el vicio onánico de la nostalgia, pero retraerse a nuestra infancia y compararla con la de nuestros hijos es un ejercicio demoledor. Que levante la mano aquel que tenga más de 40 años y su padre lo bañara y vistiera con, qué digo diez, con 5 años. Podría decirse que entonces los roles estaban más segmentados y eran las madres quienes se ocupaban del mester de crianza, pero ni aun así se soporta la comparación con la actualidad.

Limpiamos el culo a mocitos que son capaces de conectarse a internet y participar con una destreza inaudita en los más complicados videojuegos. Le servimos el desayuno a niños que mantienen y actualizan redes sociales desde sus teléfonos inteligentes. Bigardos con pelos en las piernas que no saben poner una lavadora, activar un tostador de pan, calentarse el cola-cao en el microondas o cualquier faena doméstica nimia pero que pueden editar un autorretrato hecho con la cámara digital del teléfono con la habilidad del mejor retratista profesional.

No recuerdo tal grado de servilismo en casa habiendo tenido la mejor de las infancias posibles. Plantear hoy en día que un niño se asee solo y se haga la cama o incluso sepa preparar algo de comer raya en el maltrato infantil según que mentes paternales lo juzguen. Recuerdo aquellos largos veranos trimestrales con un par de bañadores heredados y alguna camiseta, de duchas con manguera para quitarnos la arena y talegas de pan donde buscar la merienda.

De entrar y salir sin tantas prevenciones y, sobre todo, del concepto de obligación. Hoy en día se ha llegado a la loable revolución casera del reparto de funciones entre los cónyuges, pero eximiendo de ello a los niños. Basta con visitar otros países menos “avanzados” para ver que los hermanos mayores cuidan de sus pequeños, que ayudar en casa no es sinónimo de esclavitud ni de pobreza sino un aprendizaje y que se puede ser crío sin ser un inútil en lo cotidiano.

Porque al final nos queda el vacío, tanto de padres que no saben qué hacer con sus vidas más allá de la mayordomía del niño, como de hijos que sufren la frustración de enfrentarse a un mundo para el que no han sido preparados. Entonces surge la figura del estado, del político que ejerce subliminalmente la custodia del inútil y les promete una seguridad como aquella que tenían en casa, gratis, cómoda y sin complicaciones. Y así nos va en este sistema político que es la “idiocracia” -democracia de los idiotas- donde nacemos y nos educan para el disfrute, primero en pos de una sonrisa de felicidad y después a cambio de un voto bien remunerado con el que arropar nuestra propia inutilidad.

Gracias T.V.

Un ser querido…

Cuando un ser querido muera, no te preocupes. Llora, gime, grita, sí, honra su memoria, pero no te preocupes. No se ha ido a ningún lado, estrictamente hablando. Simplemente se ha despojado de una ubicación y un tiempo. Simplemente ya no puedes fijarlo de alguna manera y afirmar que “está ahí,” ya no eres capaz de encontrarlo en su materialidad, ni buscarlo en tu mundo personal. Y te das cuenta que en primer lugar, nunca estuvo limitado a su cuerpo. Sus brazos, sus piernas, su cerebro, sus dedos, su sangre, sus riñones – esas no eran las cosas que lo definían. Amabas lo físico, sí, estabas identificado con ello, esperabas que continuara siendo así, pero esa no era la totalidad de tu amor.

Ahora estás siendo invitado a recordar un amor más profundo, un amor universal, un amor que no está identificado con la forma, un amor que no conoce límites. Un amor que no huye hacia el pasado y el futuro, sino que se mantiene muy presente mientras vives tus días. Un amor que no depende de las palabras ni de los lugares, que te sigue a donde quiera que vayas, que es inseparable de tu propia presencia, que te susurra al oído por la noche… “ESTOY AQUÍ”.

No busques a tu ser querido en el tiempo o el espacio, amigo, no trates de alcanzarlo para darte cuenta de que está ausente. Está más cerca que todo eso. Te tomará un tiempo readaptarte a su falta de forma, por supuesto. Serás llamado a soltar los sueños, sí, y habrá mucho dolor por sentir, mucha aflicción que explorar con valentía y voluntad. ¡Prepárate para abrirte al amor! ¡Pero, oh, la alegría de descubrir a tu ser querido justo donde lo dejaste! ¡Y la emoción de una relación estallando en el infinito!

¡Recuerda que ese ser querido no puede dejarte! ¡Sabe que nunca lo hará!

¡Porque está en tu presencia, y tú en la suya!

«Jeff Foster»

Hoy es…

Hoy no es Día de Decisiones.
Hoy es un Día para la Curiosidad.
Hoy es un día para mantenerte cerca del momento, respirando, sintiendo todas las sensaciones en tu cuerpo, observando cómo da vueltas la mente tratando de tener el control, tratando de adivinar el futuro.

Detente. Respira.
Sal de la historia de “Tengo que elegir algo en este momento”.
Suelta toda esa presión absurda.

Haz desaparecer el tiempo.

No califiques esta ‘indecisión’.

Tu estrés es tu intento de adelantar este momento, esta presente escena en la película de tu vida (de ‘incertidumbre’) hacia una futura escena de certeza, descanso y respuestas.

¿La invitación? Encuentra descanso justo donde estás.
Sé aquí.

Pon atención a la presente escena, a este momento lleno de vida.
Haz amistad con la incertidumbre, con el no-saber, con el asombro.
Permite que todas las imágenes, pensamientos, recuerdos, obsesiones, voces en la mente surjan, pervivan un rato, y desaparezcan cuando estén listas para irse. Sabe que no son lo que tú eres. Sabe que no es la mente la que te llevará hasta las respuestas reales.

En determinado momento, simplemente sabrás qué hacer.
O te verás a ti mismo haciéndolo, sin ningún esfuerzo.
En determinado momento, tal vez hoy, tal vez mañana, tal vez la siguiente semana, la confusión desaparecerá y la acción tomará su lugar. Siempre ha sido así. Siempre lo será. La ilusión más grande de todas es que tú tienes el control.

Confía en el camino que te conduce hacia las decisiones. No luches con el momento.

No puedes comprender lo que será ‘allá’ desde aquí.

A veces, las verdaderas respuestas surgen
cuando a nuestras preguntas les damos espacio para respirar.
«Jeff Foster»

Eres mi hijo

Ellos decían que tú te estabas formando dentro de mí.

Pero yo sabía mejor. Estabas mucho más cerca que eso.

Mi cuerpo era tuyo. Tu aliento era mi aliento. Tu corazón era el mío.

“Debes sentirte muy feliz,“ decían. “Felicidades. Serás una magnífica madre.”

Lo dudaba. Inmensos terrores me inundaban. El éxtasis también. A veces me sentía profundamente sola. Como si nadie me entendiera, incluyendo a mis amigos más cercanos, mi familia, mi esposo.

Mi dolor era tu dolor, pequeño. Mis alegrías, mis tristezas, mis miedos, mis anhelos, todo era tuyo. Y todo lo tuyo, mío.

Sensaciones extrañas. Dolores. Ternura, contracciones. Cambios de humor.

Náuseas. Dios mío, esas nauseas constantes. Sangre por todos lados. Dolores de espalda. Ardor en el estómago. Todo ardiendo en llamas.

A decir verdad, había veces en que te culpaba. Quería que salieras de mí. Quería deshacerme de ti, la más grande de las traiciones. Rompiste mi corazón y destrozaste mis sueños. Una vieja vida se había esfumado, una nueva vida se estaba formando. Una muerte, un nacimiento, una crisis de fe.

A veces no sabía si aún te quería. Ahora soy capaz de admitirlo.

Sin embargo, había veces que te necesitaba demasiado. Había veces que no podía imaginarme vivir sin ti. Veces en las que tú eras lo único que tenía en este mundo. Tú eras la razón para tomar otro aliento, mi razón para quedarme aquí.

Hubo veces que contemplé la posibilidad del cuchillo, pero tú me detuviste. La vergüenza de ello, qué vergüenza. Y la culpa. El miedo a mí misma. Todo reventando. Miedo de las cosas que nunca fui capaz de compartir. Cosas oscuras. Visiones. Movimientos en la noche. La serpiente, el murciélago, el velociraptor. Demonios, diablos, seduciéndome. Cosas desconocidas queriéndome arrebatar el alma. Lo inconsciente haciéndose consciente. Mensajes. Los muertos volviendo a la vida. El movimiento de los planetas en el espacio profundo. Conexiones extrañas, coincidencias, sucesos inexplicables. Murmullos en el vacío. Los miedos colectivos de cada madre. Tratando de mantener todo en su lugar. Para ti. Para ti.

Qué comer, qué no comer. Dormir, despertar. Moverme, descansar. Mantenerte a salvo. Mantenerte a salvo. Mantenerme a salvo a mí. Cómo moverme conforme crecías. Todo el mundo dando sus consejos. Déjenme sola. Cállense. Déjenme sola, todos. Mi mano sobre ti. La piel extendiéndose con más fuerza. La piel estirándose, abriéndose, desgarrándose. Capas que se desprendían.

¿Fuiste tú el que se movió? ¿Acaso te sentí? Visiones extrañas, sentimientos que no puedo explicar. Nuevos sentimientos. Confuso. Insoportable a veces.

Sigue adelante. Haz que todo esté bien. Pon una cara valiente.

“Debes estar tan feliz. Felicidades. Serás una magnífica madre.”

¿Una magnífica madre? ¿Como mi propia madre? Dios.

Y luego, el día que saliste. Pujando, empujando, y tú, no salías y no salías. Empujando y una especie de maldito dolor, y no, no creo que los hombres puedan entender, en verdad no lo creo. Todo se rompe. La carne se rompe. Todo se chorrea, se expulsa, la tragedia de un universo.

¿Feliz ahora?

Llena de sangre, lastimada, desnuda pero viva, ¡allí estabas! La mente se detuvo. La mente se fue. Mía. Ya no es mía. Y sin embargo es mía, tan mía. Y todo maravilloso. Maravilloso. Perfecto. Destrozada, sí, pero perfecta. Mi corazón se rompe una y mil veces, y tú vienes y lo reparas una y mil veces.

Tienes una cara, la tuya propia. Qué cara. Piernas, brazos, también. Ojos que saben. Ojos como los míos. Creciste en mi interior pero apareciste fuera. Tú, renovador de formas; tú, el milagro; tú, pequeño niño.

Respiraste por ti mismo. Mi pequeño niño, respirando por sí mismo.

Y de pronto, me di cuenta que extrañaba los días en que respirábamos juntos. Nostalgia por esos días. Pero me encantó que respiraras por tu cuenta. La alegría y la tristeza de eso, algo que no puedo explicar. Apenas y puedo soportar todo en mi exhausto corazón. Dependiente, independiente. Uno, pero no lo mismo.

Mi hijo, mi pequeño y dulce hijo, no sé si naciste ese día, o si te desprendiste de mí, o si una vida vieja murió, o todo esto al mismo tiempo. ¿Por qué mi corazón se rompía mientras todos a mi alrededor lloraban de alegría? ¿Acaso tú sabías la respuesta?

Mi pequeño niño. Mi pequeño niño, pegajoso, lleno de sangre, gritando por tu vida, anunciando tu llegada a quienes se permitían escuchar. Separándonos, aunque nunca podríamos estar separados. Somos dos corazones hechos desde el mismo corazón, dos alientos que alguna vez fueron indistinguibles. Moriría por ti, te daría mi corazón, mi cerebro, mi cara, mi todo.

Yo soy tu madre, y tú eres mi hijo.

Y si el rey Salomón declarara su juicio, yo no tendría que pensarlo ni un segundo. La respuesta es sí, mi amor, la respuesta es sí. Tómalo, tómalo, tómalo mentiroso, toma todo de él, no la mitad, sino todo de él, y mantenlo a salvo, y ámalo como yo lo amo, y yo lo guardaré en mi corazón, y él me encontrará, sé que él me encontrará, un día, un día, él romperá sus cadenas y me encontrará, encontrará su camino a casa, porque su cuerpo era el mío, su aliento era mi aliento, y nuestros corazones siguen latiendo como uno solo.
«Jeff Foster»

LAS REGLAS PARA SER HUMANO

LAS REGLAS PARA SER HUMANO

1. Recibirás un cuerpo: Puede ser que te guste o que lo odies, pero será tuyo durante todo el tiempo que pases aquí

2. Aprenderás lecciones: Estás inscrito a tiempo completo en una escuela informal que se llama vida. Cada día que pases en ella tendrás oportunidad de aprender lecciones. Puede ser que las lecciones te gusten como que te parezca que no vienen al caso o que son estúpidas.

3. No hay errores, sólo aprendizaje: El crecimiento es un proceso de ensayo y error: la experimentación. Los experimentos fallidos son parte del proceso en igual medida que los que, en última instancia, funcionan.

4. Una lección se repite hasta que está aprendida: Cada lección se te presentará en diversas formas hasta que la hayas aprendido. Cuando eso suceda podrás pasar a la lección siguiente.

5. El aprendizaje no tiene fin: No hay en la vida ninguna parte que no contenga lecciones. Si estás vivo, aún te quedan lecciones que aprender.

6. «Allí» no es mejor que «aquí»: Cuando tu «allí» se ha convertido en un «aquí», simplemente habrás obtenido otro «allí» que te parecerá nuevamente mejor que «aquí».

7. Los demás no son más que espejos que te reflejan: No puedes amar ni odiar nada de otra persona a menos que refleje algo que tú amas u odias en ti mismo.

8. Lo que hagas de tu vida es cosa tuya: Tienes todas las herramientas y recursos que necesitas, lo que hagas con ellos es cosa tuya. La elección es tuya.

9. Tus respuestas están dentro de ti: Las respuestas a las cuestiones de la vida están dentro de ti. Sólo tienes que mirar, escuchar y confiar.

10. Te olvidarás de todo esto…pero podrás recordarlo siempre que quieras

«Cherie Cater-Scott»

Relaciones sanas.

Las relaciones y amistades más sanas no son necesariamente las que se ven ‘más felices’ a simple vista.

No son necesariamente en las que se ven dos personas siempre tomadas de la mano, riendo, bailando y cantando rodeados de mariposas en Instagram, en las que nunca pasa ‘nada malo’ y en las que el amor es hermoso, dichoso y perfecto.

La perfección externa puede ocultar fácilmente una devastación interna, una desconexión y esa terrible, tácita desesperación por ser libre.

Las relaciones más sanas son las más honestas. Y pueden no parecer tan ‘felices’ o ‘despreocupadas’ desde el exterior. Es posible que no se adapten a la imagen de cómo una relación ‘debería’ lucir o sentirse.

Aquí, dos personas dicen la verdad honesta y dolorosa de hoy, y continuamente dejan ir sus ideas preconcebidas acerca del otro. La relación se renueva siempre en el horno de la autenticidad. Puede haber rupturas, malentendidos, incluso fuertes sentimientos de duda y desconexión, ¡pero hay la disposición mutua para afrontar el aparente lío que surge! Hay la apertura para mirar – con ojos bien abiertos – la presente ruptura, y no huir o aferrarse al pasado. Para sentarse juntos en medio de todos esos sueños y expectativas desmoronándose, y para trabajar por encontrar un espacio de reconexión, aquí, ahora, hoy.

Aquí, la relación se ve como el máximo yoga – una aventura continua cada vez más profunda y un redescubrimiento mutuo, ¡un abandono constante y una reunión constante! El amor no es un destino futuro, una conclusión, un punto de llegada, o una historia conveniente que contar a los demás. El amor está vivo.

Como dice Eckhart Tolle, las relaciones no están aquí para hacernos felices, porque la verdadera felicidad está dentro. Están aquí para hacernos profundamente conscientes.

Para rompernos, para humillarnos, para hacernos enteros otra vez.
«Jeff Foster»

UN MARAVILLOSO CUENTO

Una mujer, que entraba en una tienda recién inaugurada en la plaza del mercado, para su sorpresa, descubrió que Dios se encontraba detrás del mostrador.
-¿Qué vendes aquí? -le preguntó.
-Todo lo que tu corazón desee -respondió Dios.
Sin atreverse casi a creer lo que esta oyendo, la mujer se decidió a pedir lo mejor que un ser humano podría desear.
-Deseo paz de espíritu, amor, felicidad, sabiduría y ausencia de todo temor. -dijo. Y luego tras un instante de vacilación añadio: -No sólo para mí, sino también para todo el mundo.
Dios se sonrió y enunció: -Creo que no me has comprendido, querida. Aquí no vendemos frutos. Únicamente vendemos semillas.

Todos llevamos las semillas de todo aquello que deseamos poseer, tanto para nosotros como para los demás. Algunas de estas semillas están ocultas, no la hacemos crecer por desconocimiento, por miedo, debido a nuestras frustraciones, a no dar la talla, porque no nos enseñaron a regar nuestro corazón, etc. etc.

Las semilla están para que florezcan y que salgan al exterior de nuestra vida, a que los demás puedan comer del fruto que produce nuestras fortalezas, nuestros valores, nuestras capacidades… En la misma medida que toda esa semilla realice su misión, empezarás a descubrir que tienes una gran misión en tu vida, empezando por tu familia, amigos, conocidos, etc.

Date cuenta…

¿Por qué has de ir con los ojos y la mente cerrados, dejando así de reconocer tu verdadera herencia?

Date cuenta de que no tienes que buscar fuera de ti para encontrar sabiduría, conocimiento y comprensión; todo está ahí, dentro de ti, esperando a ser manifestado. Cuando te des plena cuenta de eso, jamás volverás a tener la impresión de que un alma es más inteligente que otra.

Sabrás que a medida que las almas caigan en la cuenta de que lo tienen todo en lo profundo de su ser, serán capaces de hacerlo todo y de entenderlo todo; de hecho, todo un nuevo mundo se abrirá para ellas. Tú eres un mundo en ti mismo, un mundo que contiene toda la luz, todo el amor, toda la sabiduría y toda la comprensión, y todo ello aguardando a ser manifestado.

Deja, pues, de buscar eso fuera de ti. Toma tiempo para permanecer en quietud y encuéntralo en tu interior. Aprende a comprenderte, y cuando lo hagas, comenzarás a comprender a los demás, a comprender la vida, a comprenderme a Mí.

Extracto del Libro «La Voz Interior de Eileen Caddy»